Durante años hemos explicado el fraude científico como un problema moral. La historia parecía sencilla: existen investigadores honestos e investigadores deshonestos.
Sin embargo, sospecho que la realidad es bastante más incómoda. Quizá el problema no esté únicamente en las personas. Quizá también resida en las reglas del juego.
Llevo tiempo dándole vueltas a un modelo muy sencillo que, sin pretender explicarlo todo, puede ayudarnos a entender por qué determinadas políticas científicas producen comportamientos tan diferentes. Lo he llamado la matriz Competencia–Presión.

Dos ejes para pensar un problema
El modelo parte de dos dimensiones.
Competencia investigadora. No hablo del conocimiento sobre Historia, Derecho, Economía o Química. Se puede ser un magnífico jurista y no haber diseñado una investigación rigurosa en toda la vida. La competencia investigadora consiste en conocer el oficio de investigar.
Presión institucional para publicar. Es decir, hasta qué punto la carrera profesional depende de producir artículos de forma continua. Esa presión que convierte el viejo publicar o perecer en un lema que algunos ya recitan con más devoción que el propio método científico.
La combinación de ambos factores genera cuatro escenarios sorprendentemente diferentes.
I. Cuando nadie tiene prisa
Con poca competencia investigadora y poca presión institucional apenas se publica. No se genera demasiada investigación, pero tampoco existe la necesidad de fabricar resultados antes de haber aprendido a obtenerlos.
No parece el mejor escenario para el progreso científico, aunque difícilmente será recordado por grandes escándalos editoriales.
II. Cuando la presión llega antes que el aprendizaje
Aquí comienza el verdadero problema. Existe poca competencia investigadora, pero mucha presión por publicar. Entonces aparecen los cursos exprés, la dependencia permanente de quien analiza los datos, quien corrige el artículo, quien me ayuda con la metodología… Hasta que uno termina preguntándose quién ha escrito realmente el trabajo.
Es la investigación por piezas, como si el conocimiento pudiera comprarse en formato de kit de montaje. Y, como ocurre con algunos muebles de conocida procedencia sueca, siempre sobra alguna pieza… aunque nadie sepa exactamente cuál. En este contexto, el fraude deja de ser una excepción para convertirse en una tentación razonablemente accesible.
III. El lujo de poder pensar
Cuando la competencia investigadora es elevada y la presión institucional es baja, el panorama cambia. Las publicaciones suelen ser menos frecuentes, pero también más meditadas.
Hay tiempo para colaborar, para ayudar a otros investigadores y, sobre todo, para pensar. El principal enemigo ya no suele ser el fraude. Suele llamarse procrastinación, ese viejo compañero de despacho que siempre promete empezar el lunes.
IV. Cuando investigar se convierte en fabricar publicaciones
El escenario realmente preocupante aparece cuando coinciden alta competencia investigadora y alta presión institucional.
Quien conoce perfectamente el sistema también conoce cómo explotarlo.
La investigación deja de orientarse prioritariamente a generar conocimiento para orientarse, cada vez más, a producir publicaciones. No necesariamente mejores. Simplemente más.
Es aquí donde aparecen las formas más sofisticadas de fraude científico: autorías de conveniencia, reutilización sistemática de resultados, publicaciones prácticamente seriadas o incluso las conocidas paper mills.
La combinación de alta competencia investigadora y alta presión institucional constituye el caldo de cultivo perfecto para que el artículo deje de ser una consecuencia de la investigación y termine convirtiéndose en su objetivo.
Lo que realmente estamos evaluando
Este modelo no pretende clasificar investigadores. Pretende llamar la atención sobre algo bastante más importante: los sistemas de evaluación no solo seleccionan investigadores; también moldean comportamientos. Si el incentivo principal consiste en publicar cada vez más, terminaremos obteniendo exactamente eso: cada vez más publicaciones. No necesariamente más conocimiento.
La ironía resulta difícil de ignorar. Diseñamos sistemas para premiar la excelencia investigadora y terminamos premiando, en demasiadas ocasiones, la capacidad de sobrevivir dentro del sistema.
Como si el objetivo fuera producir artículos con la misma eficiencia con la que una fábrica produce yogures: perfectamente etiquetados, extraordinariamente parecidos y con una fecha de caducidad sorprendentemente cercana.
Poco a poco, el investigador deja de preguntarse:
¿Qué problema merece realmente ser investigado?
y empieza a preguntarse:
¿Cuántos artículos puedo obtener de este conjunto de datos?
No es exactamente la misma pregunta. Y tampoco produce la misma ciencia.
¿En definitiva?
No pretendo afirmar que toda la investigación responda a este modelo. Pero sí sospecho que muchas de las disfunciones que observamos no proceden únicamente de la ética individual de los investigadores.
Proceden, sobre todo, del diseño de los incentivos. Porque cuando el artículo deja de ser la consecuencia natural de una investigación y se convierte en el objetivo de la propia investigación, algo importante se ha roto.
El conocimiento no crece porque aumente el número de publicaciones. Crece cuando aumenta el número de buenas preguntas.