La ilusión del andamio: por qué la realidad no necesita tus planos

De cómo confundimos empaquetar el mundo con haberlo creado, mientras la naturaleza nos mira en silencio.

Autor/a

Antonio Matas-Terron

Fecha de publicación

1 de junio de 2026

Vivimos instalados en una suerte de egocentrismo cognitivo que nos hace creer arquitectos de lo indómito. Nos hemos convencido de que el universo es una especie de arcilla blanda que espera el beneplácito de nuestras sinapsis para cobrar sentido. Sin embargo, basta con mirar un poco más de cerca para intuir el engaño, y es que no, no, la realidad no se construye, se descubre. Por más que el dogma imperante insista en vestir al aprendiz con el casco de obrero del conocimiento, la verdad es bastante más modesta, o quizá mucho más imponente.

El vecindario inventado y el suelo impuesto

Para entender el embrollo, conviene recordar que el ser humano habita una doble realidad que lo envuelve de manera simultánea. Por un lado, nos movemos en la realidad social, ese entramado elaborado y edificado a base de interacciones humanas. Esta parcela sí es modificable, se altera mediante el roce diario, la convención y el pacto, lo que permite que el individuo tenga cierto margen de maniobra para transformarla.

Por otro lado, y rodeándolo todo, emerge la naturaleza. Ella es la gran impostura para el constructivismo radical puesto que estaba ahí cuando nacimos y seguirá exactamente ahí cuando nos marchemos. Es una entidad que va irremediablemente más allá de la propia persona. Mientras que el vecindario social se puede renegociar, la naturaleza se impone. Y en dos párrafos hablaremos de la destrucción de la naturaleza por el comportamiento narcisista del bicho humano.

Pero hablemos del aprendizaje: el observador que etiqueta, pero no crea

Frente a la naturaleza, la tarea del aprendiz no es la de un creador, sino la de un explorador. El sujeto lo que hace es aprender (o apre-hender) la realidad tal como es. Podemos, desde luego, hacer un esfuerzo cognitivo descomunal por categorizarla, podemos ponerle nombres sofisticados a las cosas, clasificarlas en carpetas conceptuales y archivar el cosmos en teorías académicas. Pero no nos equivoquemos, puesto que esa realidad alterada, o simplemente nombrada, sigue estando ahí más allá de la persona.

El individuo solo puede observarla y descubrirla. El acto de aprender se basa, principalmente, en ese descubrimiento. Podemos alterar el entorno físico, por supuesto (a menudo mediante comportamientos abusivos que lo destruyen) pero destruir un bosque no equivale a haber inventado la fotosíntesis. Modificar no es construir.

¿El constructivismo? Una mudanza intramuros

Entonces, ¿qué hacemos exactamente cuando creemos que estamos «construyendo» el conocimiento? La respuesta nos devuelve al espejo. El constructivismo tiene un límite biológico y conceptual insalvable: no alcanza nunca más allá de la forma en que el cerebro o la mente organiza la información dentro de sí.

Toda esa pomposa arquitectura del aprendizaje no es más que un sistema de ordenación interna, un método de almacenamiento para que nuestros esquemas mentales no colapsen ante la inmensidad del afuera.

Confundir la organización de los datos en nuestro cráneo con la edificación de la realidad externa es como creer que el bibliotecario ha escrito todos los libros de los estantes solo por el mérito de haberlos colocado en orden alfabético.

Vamos, que cuando alguien me dice que el conocimiento se construye, lo entiendo como un eslogan más que como una sentencia. En definitiva que:

  • La realidad no se construye, sino que se descubre.
  • En la dimensión social, ese descubrimiento nos permite modificar el tablero mediante la interacción;
  • ante la naturaleza, solo nos queda la observación.
  • Y que el constructivismo no es una ontología, es un diseño de interiores mental.

El mundo ya venía completamente amueblado cuando llegamos por lo que nuestro único trabajo es “apre-hender” a encender la luz para no tropezar con las esquinas.